Enviado por David Rivera el 7 Septiembre 2009 - 8:57pm.
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David Rivera U., Memorista.
Depto. de Ciencias Históricas y Sociales.
Universidad de Concepción, Chile.
El presente artículo forma parte de un estudio de seminario sobre la g énesis e implementación del neoliberalismo en América Latina, que por sus características particulares denomino Neoliberalismo Primitivo.
LA IMPLEMENTACIÓN NEOLIBERAL: LOS TÉRMINOS IDEOLÓGICOS-IMAGINARIOS.
… logró crear la sensación de un sistema de ideas coherente, articulado, capaz de ofrecer una explicación global de los procesos no sólo económicos, sino también sociales, políticos y hasta culturales. Por ello, la primacía ideológica del neoliberalismo adoptó en un momento una apariencia de estabilidad, solidez y trascendencia capaz de confundir respecto de la profundidad y de su significado cultural de sus efectos en la determinación del sentido común.[1]
Por fortuna, en los tiempos que corren el yugo positivista que cubrió las ciencias sociales se ha diseminado. Las nuevas corrientes de investigación no se confinan a la “cosificación” de los individuos y de los grupos sociales, en contraste, retoman al individuo y su subjetividad como la materia prima del análisis de los procesos sociales[2], ejemplo de esto es lo que ocurre con la Nueva Historia Social. Sin embargo, esto no significa que el “dato duro” sea totalmente eliminado de la investigación -lo cual contradeciría todo mi estudio previo-, sino que más bien vendría a ser un elemento constitutivo de un análisis histórico-social transdisciplinario, más amplio y de mayor profundidad. Dicho esto último, para la tercera parte del ensayo desarrollaré algunas aproximaciones en cuanto a la influencia del neoliberalismo primitivo en su despliegue más profundo, es decir, tratando de alcanzar su actuación subjetiva como mecanismo de dominación en las sociedades en que influye. Por lo mismo, me es imprescindible introducirse en el análisis de los imaginarios sociales, un campo de investigación multidisciplinario de profunda influencia en los últimos años, especialmente a partir de los círculos de investigación del GCEIS[3].
Es evidente que el análisis de un proceso tan trascendental para la historia contemporánea no puede abordarse en términos puramente economicistas. Las políticas económicas y sus consecuencias requieren importancia en la misma medida en que influyen en la trayectoria particular de desarrollo socio-histórico, sobretodo para el ámbito económico y productivo de una nación, pero que fuera del cual existe todo un mundo interpretativo que escapa a la inercia económica.
El neoliberalismo primitivo, estrenado en Latinoamérica durante la década de 1970, es por cierto, un enfoque economicista radical que dio un viraje profundamente revolucionario en la evolución de las sociedades en que actuó y actúa. Pero -y en esto consiste su gran particularidad- los principios constitutivos del modelo no se limitan al ámbito puramente económico-productivo, muy por el contrario, desde su origen -por allá en 1947 en el “Monte Peregrino”- el neoliberalismo fue diseñado para que trascienda el plano económico y logre imprimir sus principios en todas las esferas de la realidad social, logre en definitiva, asentarse en la psiquis misma de la subjetividad individual y colectiva por medio de complejos de significación, o mejor dicho, por medio de imaginarios sociales.
Los imaginarios sociales, en su definición más simple, vendrían siendo aquellas construcciones mentales compartidas socialmente y que le dan significancia y sentido al mundo social. Son de vital importancia, puesto que allí, donde los análisis estructuralistas, funcionalistas o estructuro-funcionalistas quedaban cojos, en su tentativa por interpretar la sociedad y su trayectoria histórica, el ingrediente imaginario ofrece nuevas perspectivas en cuanto a las situaciones interpretativas y de significación en las que interviene, por constituirse intrínsicamente -en términos de Castoriadis- de signos de imaginación social (valores, creencias, normas, modos, estilos, ideaciones, emociones, idiosincrasias, etc.). Como bien señala Baeza (2003) este ingrediente nos invita a reflexionar sobre la subyacencia de lo imaginado dentro de los grupos sociales que componen la nación, es decir, sobre la institución imaginaria de la sociedad misma. Subyacencia que no sólo se remite a vinculaciones intersubjetivas en un plano económico, sino que a una gran variedad de modos de pensar y de prácticas sociales comlejizandolas, imprimiéndole intensidades, ritmos, que tienen que ver in fine con la continuidad histórica misma de la sociedad, tanto en los términos de un statu quo como de aquellos de una eventual transformación.[4]
Es por esto que, la heterogeneidad misma de la sociedad genera una gran pluralidad de esquemas o configuraciones socio-imaginarias, que pudieran eventualmente coexistir de forma “pacífica” dentro de una misma sociedad. Sin embargo, con respecto a las determinaciones que alteran el contrato social, o el desarrollo de las directrices del Estado-nación, el análisis histórico indica precisamente lo contrario: las diferentes configuraciones socioimaginarias entrarían en una abierta pugna por lograr su posicionamiento hegemónico como “versión oficial”, y por tanto, legalmente instituida para una sociedad determinada. De aquí que se hace la diferencia radical entre imaginarios sociales dominantes y dominados. Más aún, si en el caso de existir una corroboración de fuerzas de imaginarios, de modo que impida la imposición de uno sobre otro, la intervención de una “superestructura” -Estado, Iglesia, etc.- podría influir a favor de una versión socio-imaginaria que pasaría a ser oficializada en tanto que imaginario instituyente[5].
Por otro lado, es necesario aclara que los imaginarios sociales no logran desarrollarse como mecanismos de dominación efectivos por sí mismos, más bien la efectividad está condicionada por el grado de articulación operacional que establece el imaginario con un discurso ideológico. A su vez, esta efectividad depende en gran medida de la vinculación receptiva que tenga con un imaginario previo, pero de orden más elevado, a saber, un imaginario radical. Por su parte, el imaginario radical corresponde simplemente a un elemento mítico fundacional desde el cual se construye toda una estructura de pensamiento dentro de una cultura específica (Ej.: Dios, ciencia, ética, patria, etc.). Castoriadis (2007) se refiere en términos de imaginario central de una cultura, desde el cual emergen una serie de imaginarios periféricos correspondientes a una segunda o enésima elaboración imaginaria… a unas capas sucesivas de sedimentación[6], siendo todo esto, en síntesis, el magma de significaciones imaginarias sociales. Finalmente, la efectividad máxima a la que puede aspirar un imaginario social como mecanismo de dominación, consiste en lograr formar parte estructurante de una edificación de pensamiento -a partir de un imaginario radical- haciendo deliberadamente relevante ciertos aspectos de una cultura y su memoria colectiva, que al ser nuevamente legitimados e instituidos influyen en la identidad social presente y futura. Quienes logren alcanzar esta efectividad podrían tratar, “por ejemplo”, de conducir socioimaginariamente a la sociedad hacia un estado autónomo de alienación; donde la determinación de las conciencias y del sentido común se extendería mucho más allá de los lugares estructurados por las instituciones sociales, pero que al mismo tiempo escaparía de la propia autonomía personal; donde una visión particular del mundo regiría soterradamente como marco normativo obligatorio de las prácticas sociales, logrando así una sociedad heteronomicamente complaciente[8].
En consecuencia, de antemano concluyó que el logro trascendental del neoliberalismo primitivo en Latinoamérica consistió en instituir imaginarios sociales dominantes, dándole eficacia a su discurso ideológico y estableciendo “verdades incuestionables” para el resto de la sociedad. Asimismo, el logro operativo que alcanzó estuvo relacionado con el control hegemónico de aquellas “superestructuras” determinantes de la versión oficial socio-imaginaria, para lo cual el Golpe de Estado y la doctrina de shock jugaron una función inmejorable. No solamente porque es durante los periodos de crisis social donde la posibilidad de consentir una nueva ideología o paradigma aumenta considerablemente, sino porque es desde los puestos de control de estas superestructuras desde donde se materializa y ramifica oficialmente la ideología neoliberal. [9]
Pues bien, ¿Cuáles serían las principales características socioimaginarias del neoliberalismo primitivo?
El neoliberalismo primitivo actuante en Latinoamérica parte de un diagnóstico profundamente crítico del modelo de sociedad, surgido como consecuencia de la formación del Estado Benefactor de Compromiso y de las progresivas “conquistas sociales” que éste alcanzó. Argumenta que la intervención estatal desvirtúa las relaciones “reales” dentro de la sociedad, en especial en el plano económico. Procurando lograr un “igualitarismo socializante” limita y condiciona el actuar del mercado, siendo éste la única instancia objetiva, neutral e impersonal donde convergen los intereses de lo social. Pero además, objeta que es un modelo débil de sociedad, que privilegia el bienestar general por sobre las capacidades y progresos individuales, y por tanto, el Estado operaría como mecanismo de discriminación en esta tarea de garantizar el bienestar general. El acto de discriminación, por otro lado, coarta fuertemente las libertades individuales, y es precisamente el mercado quien puede devolver esa libertad a las personas. Aquí nace la primera premisa del neoliberalismo: la libertad económica, entendida como aquella que se realiza en el mercado, es la “verdadera libertad” y su plena realización constituye una condición necesaria para la vigencia efectiva -y no meramente formal- de la libertad política.[11] Desde ya la propuesta ideológica del neoliberalismo constituye un viraje axiomático en los términos de prioridad para la libertad individual, elevando la esfera económica por sobre cualquier formulación proveniente del ámbito jurídico, político, social, filosófico, etc., entonces ocurre la primera gran derrota de las disciplinas humanísticas, en la tarea de establecer los límites en que opera la libertad individual formal.
Estrechamente relacionado a lo anterior, surge el cuestionamiento a la “igualdad” truncada por el accionar estatal. En el empeño de garantizar el bienestar general, especialmente para las clases populares, es que el Estado recurre a una serie de discriminaciones económicas, a reglas no uniformes y a mecanismos que no garantizan una igualdad en el mercado. Una vez más sería éste quien, libre de coacción e interferencias, garantizaría una igualdad absoluta, por ser una instancia objetiva, de normas impersonales y comunes, pero además, por garantizar la “igualdad de oportunidades” para todos y cada uno de los individuos de la sociedad. La “igualdad de oportunidades” es el principio constitutivo de la justicia social de mercado, la que no persigue una “justicia” con miras a la igualdad socializante, sino como la ausencia de discriminación frente al mercado.
Finalmente, tanto la crítica que se le hace a la “libertad” como a la “igualdad”, en el contexto del Estado de Bienestar, llevan a una cuestión no menos trascendental: el cuestionamiento del sistema democrático popular o de masas. Aquí también se ataca los favoritismos y la discrecionalidad con que opera el Estado, lo que genera una inconsistencia entre los derechos políticos y las restricciones a la libertad económica. Nuevamente sería el mercado quien apelando a la eficiencia y equidad, establecería una “verdadera democracia”, la que se desarrolla exclusivamente por la economía capitalista de libre mercado, es lo que los neoliberales postularon como la democracia moderna. La “sociedad libre”, en consecuencia, no alude a las libertades democráticas o a los derechos políticos tal como son reconocidos por la teoría democrática, sino a un sistema político que organiza su economía sobre la base de mercados libres y competitivos.[12]
Como se puede anticipar, en la esencia misma del neoliberalismo primitivo yace como imaginario radical el “libre mercado”, el cual funciona por un lado, como materia prima para deslegitimar los principios y estructura del Estado de Bienestar -al tiempo que refuerza su propia ofensiva ideológica- y por otro, para sentar la base desde la cual se edifica todo el pensamiento neoliberal posterior, en un proceso que involucra además la redefinición de ciertos conceptos socio-históricos claves. Es un modelo que exalta al mercado como única instancia capaz de garantizar la libertad e igualdad de las personas y por ende un sistema democrático verdadero, fuera del cual no existe otra alternativa plausible. Más aún, es un modelo que, al economizar la sociedad, inclina sustancialmente la balanza a favor de la “libertad” (la de mercado), mutando definitivamente un antiguo dilema de organización social, a saber: mayor igualdad/menor libertad v/s mayor libertad/menor igualdad.[13]
Existe, no obstante, otro componente constitutivo de la ideología neoliberal, el componente que le da un carácter especialmente particular: la racionalidad de la ciencia económica moderna. Al investirse de principios científicos, y de una racionalidad supuestamente superior, el neoliberalismo está en condiciones de formular directrices sociales basadas en principios racionales de carácter general. Se presenta además como una ideología de autoridad inapelable, alejada de toda preconcepción o prejuicio popular, y en la cual los únicos competentes para manipular las leyes de mercado, los únicos expertos de la verdad revelada serían los tecnócratas neoliberales. De esta forma surge una segunda premisa capital del neoliberalismo: el establecimiento de una concepción tecnocrática de poder, ejercida por tecnócratas neoliberales, los que reglamentan, según las leyes del mercado, el actuar de la sociedad e instituyen dichas reglas como verdades absolutas, racionales y universales. Es en este esquema que la sociedad se vio además progresivamente complejizada, generando consecuentemente una grave incompetencia ciudadana para la construcción de la voluntad general. Por eso es que el objetivo neoliberal consistió no sólo en lograr que la economía volviera a una situación de equilibrio, sino también en “disciplinar” a los grupos sociales y agentes productivos, hasta que ellos se sometieran a la nueva racionalidad, una racionalidad economicista proveniente de las leyes de mercado, las que progresivamente fueron construyendo la market mentality, o también lo que Armand Mattelart denomina el esprit commercial. De esta forma, las leyes del mercado internacional se reproducen en el micromundo de la vida cotidiana de cada latinoamericano.
El neoliberalismo primitivo tuvo la oportunidad de presentarse como un proyecto fundacional de sociedad, esto especialmente en Chile. Al quiebre democrático y social que significó el Golpe de Estado le siguió un dilema esencial: ¿Cuál sería el sentido organizador de la sociedad post golpe? ¿La sociedad se organizaría en torno a un sentido restaurador o se orientaría derechamente en un sentido fundacional? El primer logro de la ideología neoliberal consistió precisamente en esto, imponerse como alternativa fundacional de sociedad en medio de una gran pluralidad de proposiciones dentro del bloque dominante, especialmente los provinentes de los círculos castrenses. En esa primera lucha ideológica se transponen momentáneamente los postulados neoliberales con los de la Seguridad Nacional, lo que permitió militarizar el orden social, desarrollando disciplina, obediencia y rigor en las relaciones sociales. Se establece como “derechos humanos superiores” los conceptos de seguridad, tranquilidad pública, orden y paz social.
Teniendo la sociedad militarmente disciplinada, la tarea de los intelectuales neoliberales consistió en persuadir ideológicamente tanto al bloque dominante, como a la sociedad en general de la conveniencia del sistema social que postulaban. En este sentido el neoliberalismo muestra una tercera gran característica: la efectividad para instituir imaginarios sociales dominantes coincidió y dependió en gran medida de las nuevas estrategias comunicacionales y las técnicas de persuasión[14]. Así los intelectuales neoliberales ejercieron -en términos de Joseph S. Nye- un soft power, el cual procuraba persuadir antes que coaccionar, distanciándose calculadamente del poder que ejercían las dictaduras militares. Procuraban crear una sensibilidad ideológica en torno a un proyecto de sociedad y su concientización general. Precisamente, si hay algo que no puede eludirse en un análisis de imaginarios sociales es su elemento comunicativo, de comunicabilidad potencial -pero nunca absoluta- de la experiencia humana.
En Chile por ejemplo, los neoliberales persuaden al bloque dominante a través de la difusión de los éxitos momentáneos -en al ámbito macroeconómico- que va generando el modelo, pero además crea ciertos liderazgos en torno a los imaginarios derivados de la racionalidad científico-económica. Los medios utilizados son revistas especializadas como la de Estudios Públicos; la difusión ideología a la elite a través del Centro de Estudios Públicos (CEP), las reuniones de la Sociedad Mont Pelerin en Chile o la Corporación de Estudios Contemporáneos; e incluso trayendo al mismísimo Milton Friedman, todo lo cual generó “corrientes de opinión” muy influyentes dentro de la junta de gobierno. Para el “hombre medio” el trabajo persuasivo -asegurado por la “censura previa” de la prensa alternativa- se encontraba en las revistas Qué Pasa, Ercilla y Realidad, además del diario de Agustín: El Mercurio. Desde estas páginas se buscaba popularizar los términos redefinidos por los neoliberales y dar a conocer el nuevo proyecto de sociedad y sus “modernizaciones sociales”, desde ya, con un fuerte componente de disciplinamiento y reeducación social, que implicaron -remedando a Wallerstein- un potente reformismo racional.[15]
En definitiva, si existía un objetivo prioritario en el proceso de concientización social, ese consistía -como declaraba proféticamente A. Bardón en 1986- en ganar las conciencias de las personas, con la perspectiva de que el proyecto neoliberal se volvería autoinmune, puesto que sería la propia sociedad, que al ejercer estas “libertades del mercado” se convertiría en la defensora del sistema en el futuro.[16] Actualmente este es el gran punto de apoyo del neoliberalismo, el cual ya no necesita legitimarse teóricamente, sino que su legitimación proviene de la praxis misma de la sociedad, convertida ésta como el sistema inmunológico del sistema. Claro que sería iluso pensar que todo esto se consiguió simplemente sobre la base de un discurso persuasivo, montado en los diversos medios comunicativos de aquel entonces. Maximizando esto, el neoliberalismo se apodero autoritariamente de la estructura de ajuste entre el individuo y la sociedad. Para la sociología, la “estructura de ajuste” estaría compuesta por diversos agentes socializadores que nos permiten el aprendizaje de lo social, por ejemplo, la familia, la escuela, el Estado, la iglesia, los medios de comunicación etc. Pues bien, el neoliberalismo al hegemonizar monopólicamente esta estructura de ajuste permeó el aprendizaje mismo de la realidad social, incluso modificándola por medio de las modernizaciones sociales. Por eso que es capaz de redefinir y readecuar las normas de convivencia, las reglas del juego social e incluso las “conductas socialmente esperables”, con sus principios economicistas.
Por su parte, las “modernizaciones sociales” consistían en la reforma previsional, el plan laboral, la directiva educacional, la reestructuración de la salud, la reforma administrativa, la modernización del agro y la reforma judicial. En todas estas modernizaciones lo que primaba era establecer como fundamento la racionalidad científico-económica, una lógica individualista y competitiva y lograr que toda decisión este libre de coerción por parte del Estado y del sistema político, es decir, una despolitización total de la sociedad. De esta forma, el poder político y la capacidad de coerción que se deriva de éste [el Estado], se diluye a través de la adopción de miles de decisiones individuales, bajo reglas equivalentes a las que se dan en el mercado.[17] Con lo cual no sólo se restaba toda importancia al accionar político, sino también cualquier acción colectiva organizada, configurando así una racionalidad que justifica la exclusión de los mecanismos democráticos de decisión. La mutación que sufrió el individuo común en su autorepresentación desde homo politicus hacia homo economicus, finalmente permitió el tan anhelado divide et impera de las clases dominantes. Vergara (1985) concluye muy bien: la profundidad de las transformaciones modificaría la subjetividad y visión del mundo de los individuos, provocando un vuelco decisivo en los sistemas valorativos, en las expectativas y en los comportamientos colectivos fuertemente arraigados, moldeándolos conforme a los requerimientos de estabilidad y eficacia del nuevo orden social.[18]
Especial atención merece la instauración socioimaginaria de la lógica individualista y competitiva. Aunque constituyen un imaginario periférico forman parte medular del pensamiento neoliberal. Esta lógica esta presente en cualquier modernización social que se desee estudiar, y es por cierto, una lógica que emplaza desafiantemente -hasta nuestros días- el logro del bien común alcanzado por medio de la acción colectiva. Para el neoliberalismo el bien común se realiza en la instancia del mercado, por ser el mecanismo más efectivo de distribución, pero además por potenciar las cualidades individuales, los méritos personales, que de otra forma quedarían reducidos en la “mediocridad socializante”. El carácter solidario no se vincula con los otros individuos, sino más bien con el propio sistema económico, logrando así su estabilidad y autorregulación. Luego, los individuos y las naciones movidos por sus intereses particulares y en actitud competitiva se reeducaron para alcanzar -parafraseando a Hobbes- la versión más extrema del homo homini lupus, con lo cual quiero decir que el hombre nunca fue tan lobo del hombre.
Ahora bien, ¿Cómo lograr que la ideología neoliberal se exhibiera ante la sociedad como un no-dogma, un no-credo, o por lo menos, no como un proyecto utópico de integración social? Esto fue logrado exactamente haciendo de la ideología neoliberal una no-ideología. Los intelectuales neoliberales, concientes de que las dictaduras habían acabado con sociedades altamente politizadas, ideologizadas, al punto de polarización irreconciliable, presentaron su proyecto de sociedad como un proyecto no-ideológico, constituyendo esto otra gran característica del neoliberalismo primitivo. Desde la perspectiva del análisis de los imaginarios sociales, éstos alcanzarían el mayor grado de efectividad, como mecanismo de dominación, cuando lo presentado como “natural” logra vestirse con los ropajes de lo no-ideológico.[19] Por supuesto, si existe una ideología potente en la historia contemporánea, esa es la ideología liberal en fusión al capitalismo y sus derivaciones extremas, no sólo en tanto que ideología mundial dominante sino también como poseedora del monopolio de la racionalidad y por tanto, de la legitimidad científica.[20]
A modo de hipótesis tentativa sostengo que el neoliberalismo primitivo pudo “vestirse con los ropajes de lo no-ideológico” gracias a su racionalidad científico-económica, mediante el cual el “mercado”, instancia objetiva, neutral e impersonal, se desliga de toda influencia ideológica. Sin embargo, basta con relucir los imaginarios de “igualdad de oportunidades”, “libertad económica”, “individualismo”, “competitividad”, etc., para que la cara ideológica del neoliberalismo se haga evidente. Por cierto, son estos imaginarios, como soportes psicosociales, los que le dan sentido, coherencia e idealización unificadora a la miseria conceptual del discurso ideológico en si (Baeza, 2003).
A modo de resumen, la siguiente ilustración muestra la estructura socioimaginaria resultante del experimento neoliberal en Latinoamérica, especialmente en Chile[21]:

En conclusión, el experimento neoliberal constituyó toda un transformación socioimaginaria en Latinoamérica, especialmente si se lo confronta a los imaginarios que se estaban desarrollando en los 60’ y 70’. Profundo, extenso, dominante y excluyente, la ideología neoliberal cohesionó todo ese accionar político-económico promovido por los tecnócratas. Logró a la vez gran versatilidad para influir en la totalidad de la acción social, imponiendo lógica, significancia y sentido común a las conductas sociales, ya sea a través del apoderamiento de la estructura de ajuste social o a través de la hábil persuasión comunicacional. Favorecida por el contexto autoritario instituye imaginarios sociales como verdades supremas e incuestionables, emanadas de la propia racionalidad científico-económica, la cual no sólo cubre al discurso neoliberal de su naturaleza ideológica, sino que además refuerza su obra, generando así toda una cosmovisión que enmarcar a la sociedad dentro de las “leyes de mercado”.
Ahora bien, lo que comienza a preocupar consiste en que las generaciones que nacieron desde fines de los 70’ en adelante no tendrán más recursos alternativos dentro de sus intersubjetividades socioimaginarias que las que emanan del propio contexto neoliberal. Este contexto cristaliza en la memoria colectiva legitimaciones imaginarias propias del mismo neoliberalismo -y que además son excluyentes-, penetrando finalmente en la identidad social presente y futura, haciéndola una con el sistema y, de esta forma, cumpliendo otro objetivo: provocar la condición heteronómica de la sociedad, en donde el ascenso de la insignificancia[22] asecha como condición última de las sociedades postmodernas.
[1] VERGARA, Pilar (1985), Auge y caída del neoliberalismo en Chile. Ediciones Ainavillo. Santiago. P.12.
[2] Al respecto ver BEUCHOT, Mauricio (1998), Imaginario Social y hermenéutica analógica. En Revista de la UNAM, Nº 13, pp.567-568, abril-mayo. Universidad de México. Edición de Nora María Matamoros.
[3] Grupo Compostela de Estudios sobre Imaginarios Sociales, con sede latinoamericana en el Departamento de Sociología de la Universidad de Concepción, Chile. (http://gceis.net/)
[4] BAEZA R., Manuel Antonio (2003), Imaginarios sociales. Apuntes para la discusión teórica y metodológica. Ed. U. de Concepción, Concepción. P. 23.
[5] Si pudiésemos reconstruir la historia universal del poder en las sociedades humanas, veríamos que éste surge siempre de la conquista, por distintos medios, de la significación y de su legitimación a escala social. BAEZA, 2003:203.
[6] FOXLEY, Alejandro (1988), Experimentos neoliberales en América Latina. Fondo de Cultura Económica. México D. F. P. 36.
[18] VERGARA, 1985:224.
[19] BAEZA, 2003:28.
[20] WALLERSTEIN, Immanuel (1994), Agonías del capitalismo. En Iniciativa Socialista, Nº 31, octubre.
[21] Ilustración, elaboración propia.
[22] El “ascenso de la insignificancia”, postulado por Castoriadis, incluye entre otras cosas: pensamiento débil, falsas vanguardias, conformismo, fatalismo, hedonismo, presentismo, etc. Al respecto ver Castoriadis, C. (1998), El ascenso de la insignificancia. Frónesis; Cátedra. Madrid.
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