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Reseña libro¿Quién teme a la naturaleza humana? Homo suadens y el bienestar en la cultura: biología evolutiva, metafísica y cien

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En el último número de la revista Athenea digital: Revista de Pensamiento Social aparece una reseña realizada por Enrique Carretero de uno de los libros más sugestivos de los publicados en los últimos años en el ámbito de las Ciencias Humanas y Sociales del panorama español. Castro Nogueira, Laureano; Castro Nogueira, Luis y Castro Nogueira, Miguel Ángel (2008). ¿Quién teme a la naturaleza humana? Homo suadens y el bienestar en la cultura: biología evolutiva, metafísica y ciencias sociales. Madrid: Tecnos. Puede accederse a ella en: http://psicologiasocial.uab.es/athenea/index.php/atheneaDigital/article/...

Sobre Darwin, naturaleza humana y ciencias sociales

Sólo para agradecer la Reseña de Enrique en Athenea Digital y el comentario de Enrique el Mar. Además me gustaría colgar esta reflexión sobre Charles Darwin, naturaleza humana y ciencias sociales: un mínimo homenaje Darwin, cuyo bicentenario celebramos este año, no sólo ha sido uno de los científicos más influyentes en el desarrollo de las ciencias contemporáneas, sino que buscó una explicación evolutiva para el origen y naturaleza de las facultades morales e intelectuales del hombre y de la vida en sociedad. Lamentablemente, la vulgata del llamado darwinismo social pronto desplegó aterradoras afinidades electivas con el racismo, el clasismo y la xenofobia, que probablemente determinaron el rechazo de cualquier consideración sustantiva de la naturaleza humana como parte de las nacientes, -democráticas, emancipadoras-, ciencias sociales. Desde entonces, el modelo estándar en ciencias sociales (ME) (según denominación de L Cosmides y J Tooby),-simbolizado por el eminente sociólogo E Durkheim y sus actuales herederos-, siempre ha defendido la radical autonomía de los procesos culturales (lo social sólo se explica por lo social), marcando distancias insalvables con otras disciplinas como las ciencias de la vida y la psicología. De esta guisa, entidades supraorgánicas y autorreferentes (descendientes materialistas del Espíritu hegeliano) como la estructura social, la solidaridad orgánica o los campos sociales, se convirtieron en las únicas sustancias que estaban detrás y daban cuenta de fenómenos tan complejos, esquivos y borrosos como la religión, el gusto estético o la metafísica. Así, -por centrarnos en esos ejemplos-, la religión no sería más que un mecanismo para aumentar la cohesión de grupo y divinizar a la propia sociedad; el gusto estético se hallaría determinado por el cruce entre el capital cultural y el capital económico con una función de distinción clasista y las escuelas de filosofía (y su Lógos) habrían surgido como reflejo ideológico de la polis falocrática y esclavista. En contra de este sociologismo, sin embargo, ya hace casi cien años el antropólogo B Malinowski se había burlado de los paraísos bolcheviques donde, al parecer, habitaban los salvajes fabulados por la tradición académica, subyugados por una igualitaria conciencia colectiva y sin rasgo alguno de individualidad y que en nada se parecían a sus salvajes melanesios cuya espontaneidad, desenvoltura y cinismo nada tenían que envidiar-según su expresión- a los american businessmen. A la usanza de esos dibujos reversibles en los que se alternan un severo rostro barbado masculino y un seductor desnudo femenino, así ha sucedido y sucede con las imágenes del hombre y de la sociedad suministradas por el ME si las comparamos con las de otra tradición vinculada al arte, la literatura y las humanidades. En la primera imagen (dominante desde K Marx a P Bourdieu) apenas queda vestigio alguno de naturaleza humana, convertida en una porosa, inerte, tabula rasa sobre la cual se inscribe la sombra clonadora de Lo Social tout court. En la segunda, sin embargo (la que brota de las obras de Erasmo, Cervantes o Todorov), lo que se vislumbra más bien, por el contrario, es una activa, mágica, prolífica, imprevisible, dionisíaca, condición humana capaz de simpatizar, mimetizar y entrar en flujo con todo género de deseos, quimeras, delirios, prácticas e ilusiones compartidas con ciertos individuos y/o pequeños grupos con los que se identifica el sujeto. Desde A Smith, GWF Hegel y R Girard,- en una línea secretamente compatible con las intuiciones del propio Darwin sobre la crucial relevancia filogenética de la simpatía- las ciencias humanas siempre han barruntado que el deseo del hombre es un deseo aprendido: el deseo del otro; el deseo de poseer y exhibir aquello que suscita el deseo de los otros y ser reconocido por ellos. Después de todo, quizás, lo más distintivo del hombre sea su condición de Homo Suadens (de suadeo: valorar, aprobar, aconsejar). Estudios punteros sobre psicología evolutiva y transmisión cultural insisten en que la verdadera clave de la hominización no ha sido la aparición de la razón y el lenguaje sino, mucho antes, las ciegas sensaciones de placer que acompañan ciertas conductas cuando son objeto de aprobación por el grupo de referencia. Un Homo Suadens, heredero azaroso de una mente sapiens-demens (E Morin), fabuladora, cosificadora, esencialista y modular que activa, simultáneamente, programas y algoritmos contradictorios, arraigada afectivamente en micro socialidades locales, aquejada de profundas inconsistencias cognitivo-emocionales y que interpreta habitualmente su bienestar como bonum, verum y pulchrum, .Un giro copernicano para las ciencias sociales Por todo ello, el problema esencial del ME estriba en que sólo contempla la socialización a partir de un eje ideal, enteramente pasivo, entendido como absorción – por cada individuo y con la misma, indeleble, implicación e intensidad afectivas- de una cultura, estructura o institución social. Sin embargo, para entender algo de la verdadera complejidad social y de su riquísima, magmática, ontología, no sólo es imprescindible reconocer el papel fundamental de lo material, técnico y arquitectónico (reivindicado por M Foucault y B Latour) sino que es menester cruzar aquel primer eje con otro muy diferente de orden bio-socio-espacial. En consecuencia, y sin que las sustancias sociales (escuelas, empresas, iglesias, universidades, instituciones políticas, centros comerciales o burocracias), pierdan un ápice de sus poderes virtuales de sujeción sobre los individuos, éstos las experimentan y refractan de formas vertiginosamente diversas cuando se envuelven, lían y enrollan entre ellos-como una colonia de algas- en forma de amistades íntimas o burbujas amorosas (P Sloterdijk), pero también de cómplices, compinches, camaradas, correligionarios y variopintos grupos de creyentes en flujo en el seno de las abigarradas y mestizas texturas, curvaturas, multiplicidades y arrugas plektopológicas del ETS creando todo género de entrañables (literalmente), frágiles, imprevisibles, cambiantes habitanzas, espumas, grumos, impliegues o plikas Naturalmente, este segundo eje, tan hipersensible a las condiciones iniciales, introduce derivas caóticas, autopoiéticas (en el sentido de la Chaos Theory) que otorgan una enorme vitalidad y complejidad plástica impredecible al ETS, a sus tramas y nervaduras y a toda su deslumbrante nano-ontología. Algo que, por lo demás y desde siempre, han intuido la mayoría de los seres humanos y explorado los artistas, dramaturgos, cineastas y novelistas pero que, sin embargo, jamás han querido reconocer los científicos sociales, perfectamente envueltos (¡esta vez sí!) tan a menudo en sus propias, tautológicas, edificantes y ebúrneas torres académicas. Envolturas e impliegues burbujeantes cuyas singulares atmósferas semiótico-materiales no sólo vienen cargadas por el poder de diferentes individuos, lugares, objetos, prácticas y placeres, sino también por la circulación local y diferencial de nubes de dispositivos y paquetes de subjetivación que las constituyen y atraviesan: pieles y sensibilidades artificiales, software(s) de la risa y de la culpa, artes de la presentación y relación con uno mismo, componentes emocionales, memorias, delirios e ilusiones colectivas y arsenales discursivos. En una palabra: esa misma capacidad (fluxus) bio-psico-socio-espacial es la que, paradójicamente, (1) hace verdadero el MECCSS en ciertos pliegues del ETS al reproducir sus estructuras e instituciones y la que, al mismo tiempo (2) es responsable de los espejismos de ese mismo modelo al distorsionar gravemente en términos de otras infinitas arrugas y dobleces locales la reproducción de aquellas mismas estructuras e instituciones ¿En qué consisten, pues, los excesos del ME que a menudo empañan sus indudables logros y aciertos? En el síndrome denunciado por Malinowski: en su hybris autoritaria y determinista insensible a las diferencias entre esas microenvolturas. Porque sin tomarse en serio esa naturaleza suadens-tan imprevisible e inconstante en sus deseos, afectos, juicios y creencias-, no se entendería nada de la inagotable diversidad de experiencias y derivas a través de las cuales los sujetos han vivido y siguen viviendo, ahora mismo, no sólo la religión y la política -desde el fanatismo hasta el desprecio o la indiferencia-, sino también las leyes de la vida económica: ¿cómo no recordar en estos momentos de zozobra financiera los animal spirits keynesianos responsables de tantas crisis y fluctuaciones en mercados pretendidamente autorregulados? Ni tampoco podría comprenderse la creatividad (por chapucera que sea) con la que esos mismos sujetos gozan, imitan, -y se dejan embrujar por- ambientes, artistas, objetos, modas y sensibilidades en las actuales culturas (mestizas, híbridas) posmodernas, irreductibles a cualquier lógica de calco estructural y distinción clasistas. Por otro lado,-y desde esa misma perspectiva suadens-, ya no se puede seguir explicando la aparición de las grandes filosofías como simples destellos de algo social más real, profundo y verdadero, sin investigar, simultáneamente (y por dentro), el funcionamiento de aquellos invernaderos del Ser, en cuyo seno los primeros amantes de la sabiduría aprendieron a encender sus cuerpos entretejiéndose con el Lógos, la naturaleza, los lugares, los objetos, los deseos, la dialéctica y los textos: esos nuevos objetos sagrados del pensamiento. Así pues, ya va siendo hora de reconocer,- como un mínimo homenaje a las intuiciones del viejo Darwin-, que la fuerza que sostiene detrás de las apariencias ilusorias a la religión, el arte, la metafísica y tantas otras creaciones humanas, no sólo procede de las férreas estructuras sociales, sino también de la prodigiosa virtualidad de esa otra naturaleza humana, radicalmente darwinista que, -como retorno de lo reprimido-, sigue prestando toda su cándida solidez, aura y hechizo a las viejas, autistas, ilusorias, burbujas y envolturas humanas. Gracias, Luis Castro Nogueira