“Lo real es lo que tiene existencia verdadera y efectiva”, según el DRAE. “De un modo más preciso, el término incluye todo lo que es, sea o no perceptible, accesible o entendible por la ciencia y la filosofía o cualquier otro sistema de análisis”, añade la Wikipedia. Y con todo esto ¿adónde llegamos? ¿Qué sabemos sobre la realidad? Pues la verdad es que no mucho. Sí sabemos, a ciencia cierta, que el responsable de la entrada en la Wikipedia es un magufo porque, para ser más preciso, incluye no sólo lo que tiene existencia verdadera y efectiva, sino además, todo lo que es, sea o no perceptible, accesible o entendible por la ciencia y la filosofía o cualquier otro sistema de análisis. En Román Paladino: existen seres imperceptibles, inaccesibles o incomprensibles para todo sistema de análisis. En tal caso ¿cómo se puede saber que existen? Aún más: si existen y no se nota ni puede notarse ¿qué más da que existan? ¿Qué forma de existir es ésa, una especie de “existir para fastidiar”? Está claro el propósito de la rendija abierta, pero es inaceptable para la razón y la argumentación. En la definición del DRAE encontramos una elaboración más refinada, por lo menos en su parsimonia. Pero también tiene sus rendijas: se identifica lo real con lo existente. Y para soslayar el asomo de tautología se matiza: verdadera y efectiva. Por tanto, se admite la existencia no verdadera o inefectiva.
"Hay tantas realidades como puntos de vista", sentenció Ortega y Gasset. Más allá de la obvia equiparación de la realidad con un punto de vista y de la aceptación de realidades múltiples, esta sentencia no precisa la naturaleza del punto de vista, que podría ser fenomenológica (en coherencia con el discurso del autor), pero también topológica, relacional, etc. En resumen, desplaza el problema a otra ubicación sin resolverlo. Astutamente, Lacan distingue entre la realidad y lo real. Con la primera pretende señalar lo perteneciente a la esfera de lo privado y subjetivo, la realidad fenomenológica. Con lo segundo no señala lo contrario, sino lo que existe independientemente del sujeto. La utilidad de la distinción no consigue disimular las cartesianas rendijas que permanecen abiertas. Con lo antedicho podemos perfilar el campo semántico de la realidad incluyendo los atributos de existencia, verdad y efectividad en su foco, y los de subjetividad y multiplicidad merodeando en su periferia. Intentemos una aproximación más formal al problema: podríamos definir la realidad como el conjunto de todos los seres reales. Este enunciado, a primera vista trivial, implica tres conceptos: el de conjunto, el de la cualidad de real aplicable a los elementos del conjunto y el de la naturaleza de dichos elementos. El concepto de conjunto resulta de una abstracción formal. Aunque, con breves explicaciones, es relativamente fácil hacerse con él, no es menos cierto que con la misma facilidad permite hacer referencia a conjuntos inmanejables o completamente separados de la realidad. En realidad, la mayoría de los conjuntos son inmanejables o inútiles: es el problema de las abstracciones, que no son reales por naturaleza. La naturaleza de los elementos es la de existir, por tanto deberían ser “seres”. Un antiguo problema. Existe una gran cantidad de “seres” que no provocarían polémica, pero en una breve relación de candidatos no tardaría en deslizase algún intruso. El problema con los seres es el de su “esencia”, que hay que percibir (con los problemas característicos de cada modalidad sensorial) y categorizar (con los problemas derivados del nivel de precisión exigido).
Volviendo a nuestra aproximación formal, nos queda por tratar la cualidad distintiva de los elementos pertenecientes al conjunto. Para representar la realidad, tracemos en un folio en blanco uno de esos diagramas con los que Venn pretendía adiestrar a los niños. Supongamos que representamos los posibles elementos con un puñado de garbanzos. Tomamos un garbanzo, lo examinamos y decidimos colocarlo en el interior o en el exterior del diagrama. ¿Qué rasgo o criterio hemos seguido para decidir? Según exista el ser representado por el garbanzo: si es un caballo, dentro, si es un unicornio, fuera. Y es aquí donde está el nudo gordiano del problema: las representaciones (los garbanzos) existen tanto para los objetos reales como para los no reales. Los elementos del universo formado por el conjunto de la realidad y la no-realidad existen en un nivel previo y distinto. Las representaciones existen mientras que lo representado puede que sí, puede que no. Y, definitivamente, operamos y comunicamos mediante representaciones creadas por nosotros mismos que eventualmente pueden volverse más efectivas que sus propios creadores. A menudo, la existencia de la representación se confunde con la existencia de lo representado: San Anselmo creyó demostrar la existencia de Dios cuando sólo demostró su existencia simbólica.
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Pongamos un ejemplo aparente sencillo del problema de la categorización: todos sabemos qué es un perro, hasta el punto de poder identificar un grupo de manchas como, no nos equivoquemos, la representación de un perro. También podemos considerar un ladrido como señal de la presencia (existencia local) de un perro. Interpretando debidamente la entrada sensorial adecuada, podríamos incluso identificar su raza. Y aquí empiezan las dificultades, cuando queremos ir un poco más allá de lo que podría hacer cualquier niño (señalar y balbucear una onomatopeya). Para identificar con fiabilidad la raza de un ejemplar hay que conocerlas y distinguirlas todas. En caso contrario, siempre cabría duda sobre una variedad o subespecie desconocida. Además, en la inmensa mayoría de los perros se da una compleja combinación de razas. Los perros de pedigrí se certifican documentalmente para establecer este rasgo (o conjunto de rasgos) con garantía de unas pocas generaciones y, aún así, no hay garantía total porque tales documentos son falsificables. Cuanto mayor sea la precisión exigida en la categorización antes nos encontraremos con el equivalente epistemológico del Principio de Incertidumbre y la cuestión de la Validez de la Categorización. Aunque también podemos disipar puntualmente toda imprecisión con una sola palabra llamándole “fido”. Todas estas consideraciones podrían hacerse también de un árbol o una piedra con similares resultados.
Categorizaciones, taxonomías y otras manías.
Creo coincidir, mi querido amigo, en que para reflexionar sobre lo real o la realidad, para bien o para mal, el recurso a las categorizaciones, clasificaciones, taxonomías o cualquier otro recurso similar no parece muy adecuado. Como ejemplo de ello aporto a tu reflexión dos textos, uno de carácter “realista” y otro “fenomenológico”, por si pudieran arrojar luz sobre el asunto.
Un saludo borroso.
Me he atrevido
Me he atrevido a editar tu comentario para que quede todo un poco más organizado y propio. Puesto que incluyes dos textos de cierta extensión para documentar el hilo de discusión, los he convertido en algo parecido a dos notas. Al margen de su oportunidad en tu comentario, tienen entidad por sí mismos y también pueden servir para futuras referencias, como citas.
En el menú principal (el que está arriba centrado) aparece la opción biblioteca, que relaciona todos los libros publicados en la página. En uno de esos libros se ha planteado (provisionalmente) recoger una serie de textos de referencia. Parece el lugar idóneo para incorporar los dos textos.
Una vez publicados me quedo con la copla de que son los nodos 52 y 53, regreso a tu comentario, borro los textos e incluyo donde procede dos enlaces internos a node/52 y node/53.
Con esto tu comentario ya ha quedado en proporción manejable y la discusión recobra vivacidad.
Me llama la atención la paradoja
Así que, en tu opinión, para conocer la realidad, las categorizaciones son:
A lo mejor
A lo mejor no me he explicado suficientemente, aunque también he oído quejas de todo lo contrario.
Todo esto empezó con una clase de Sociología del Conocimiento: una curiosa denominación que pretende oscurecer o esconder algo. Si se llamase epistemología, alguien podría alegar, chillando, ¡Eso es filo-sofía". Además, tendría que intentar dar respuesta a una serie de enojosas preguntas: ¿Existe algo que podemos llamar realidad? ¿Podemos conocerlo? ¿Qué es lo que podemos conocer? ¿Y cómo?
Todos estos irrelevancias se soslayan con la denominación antes mencionada y ya puede dedicarse el docente a su función de propagar la doctrina, que es algo que viene en un cuadro, el famoso «Cuadro I», que merece una serie de reflexiones independientes.
Previamente conviene ir estableciendo una serie de premisas, incluso cuestionándolas, si es que hay alguien ahí.
Y me dije: a ver si soy capaz de decir algo coherente con tres o cuatro "monodosis" como la de arriba. Y ahí están los resultados: para algunos es mucho, para otros poco, para los más, nada. Y con el documentalista van cuatro. Pero yo, amenazo que sigo, pese a todo. En breve.
Debajo de las rosas
Mi querido y real amigo, ya sabes que soy hombre de pocas certezas y muchas incertidumbres, amén de una creciente desgana por polemizar. Por ello me resulta más cómodo, perdona mi egoísmo, acudir a aquellos que en modo de texto dejaron en mi alguna idea. Por ello preferiría que dejases el texto que motiva mi colaboración a continuación ya que de alguna manera expresa ciertos aspectos de mi visión del asunto (como ocurría con los dos anteriores de Julio Cortazar). En este caso se trata de una reflexión de García Calvo (no te asustes) un viejo amigo de tu mocedad que seguramente hará que te “irrites” (en sentido luhmanniano.)
AGUSTÍN GARCÍA CALVO
Antes que nada, un matiz:
Aún siendo la misma persona "en realidad", el uso de diferentes cuentas para interactuar con la página establece una distinción, no sólo en la intención, sino en las capacidades (algo semejante a lo que algunos psicodramatistas denominan "roles sociales", pero en versión "virtual"). Es el administrador el que "se atreve" a editar, más con la intención de ilustrar que con la de corregir. Nada te impide editar y volver a dejar las cosas como las pusiste inicialmente si lo crees oportuno (si te da pereza, avísame que lo hago yo).
Desde otra cuenta, mi intención no es polemizar sino, en alguna medida, similar a la tuya aunque con diferente metodología (otro concepto sobre el que me reservo para después). Es por ello que agradezco tu participación en este despropósito, que proseguirá inevitablemente pese a torpedeos garcíacalvianos. Poco se puede añadir a la magia de Julio, al contrario de lo que sugiere (sin asustar) la irritante (en más de un sentido) melopea de Agustín, al que debemos inefable gratitud por explicarnos concluyentemente “la manera más útil y clara en que el término puede seguir usándose”.