Realidad VI

De lo dicho anteriormente se deduce que la realidad, lo existente, tiene una historia, una evolución y que, además, no ha existido siempre. En buena medida el problema está en el concepto “siempre”. El ser humano ha aceptado y manejado absolutos a conveniencia de tirios y troyanos desde “siempre”. La intuición de que la realidad no ha existido eternamente se desprende de la observación de la dinámica del cambio y la frustración de las expectativas: nada permanece y no siempre se repiten los acontecimientos cíclicos de la manera prevista.

Y aquí tropezamos con un escollo, una auténtica barrera para el pensamiento: ¿Qué existía antes de que Descartes pensara? ¿Cómo conocer antes de existir, lo anterior a la existencia? En ausencia de información suficiente, el cerebro realiza uno de sus trucos básicos: lo que falta lo reconstruye y lo que no sabe se lo inventa. En consecuencia se fabulan mitos de creación para explicar los orígenes de la existencia y señalar al responsable último (causa primera) de todo acontecimiento. Si hubo un principio ¿quién “hizo” todo?: La divinidad. Y de un plumazo, resolvemos. ¿Qué había antes? La divinidad, porque es “eterna” (otro absoluto). ¿Cómo lo sabemos? La divinidad se lo ha “revelado” a los “escogidos”, etc. Paradójicamente, para explicar lo relativo se recurre a lo absoluto.

Esta solución del “Gran Magufo” existe únicamente en la dimensión simbólica y carece del menor fundamento en las dimensiones física y biológica, aunque tenga repercusiones en ambas. No es demostrable ni falsable porque se trata de una creencia, es decir, una premisa asumida formalmente como cierta sin fundamento racional. Estos absolutos no existen mas que en la dimensión simbólica y su trascendencia debería limitarse a su propio ámbito, el de auxiliares intermedios en los procesamientos de información.